En medio de la gran barbarie natural, los seres humanos han conseguido a veces (pocas) crear pequeños lugares cálidos que irradian amor. Pequeños espacios cerrados, reservados, donde reinan el amor y la subjetividad. — Michel Houellebecq
De repente tuvo el presentimiento de que su vida entera iba a parecerse a ese momento. Se movería entre las emociones humanas, y a veces estaría muy cerca de ellas; otros conocerían la felicidad o la desesperación; pero nada de eso tendría que ver jamás con él, ni podría alcanzarle. Durante la velada, Annabelle le había mirado muchas veces mientras bailaba. El quería moverse, pero no podía; sentía con toda claridad que se estaba hundiendo en un lago helado. Sin embargo, todo era excesivamente tranquilo. Se sentía separado del mundo por unos cuantos centímetros de vacío, que formaban en torno a él un caparazón o una armadura. — Michel Houellebecq
El ser humano tiene tendencia a establecer jerarquías, y aspira con entusiasmo a sentirse superior a sus semejantes. — Michel Houellebecq
Había tenido una infancia penosa, una adolescencia atroz; a los cuarenta y dos años todavía estaba, objetivamente, lejos de la muerte. ¿Qué le quedaba por vivir? Quizá algunas mamadas por las cuales, bien lo sabía, pagaría cada vez con más facilidad. — Michel Houellebecq
No soy lo bastante natural, es decir, lo bastante animal, y eso es una tara irremediable; haga lo que haga, diga lo que diga, compre lo que compre, nunca conseguiré superar esa desventaja, porque tiene toda la fuerza de una desventaja natural. — Michel Houellebecq
Por las noches, antes de dormirse, pensaba en Michel; se alegraba de volver a pensar en él cuando se despertaba. Cuando en clase le pasaba algo divertido o interesante, enseguida pensaba en contárselo a él. Los días en que, por la razón que fuese, no se habían visto, se sentía inquieta y triste. Durante las vacaciones de verano (sus padres tenían una casa en Gironde) le escribía todos los días. Incluso si no se lo confesaba con franqueza, incluso si sus cartas no eran nada apasionadas y más bien se parecían a las que le habría escrito a un hermano de su edad, incluso si el sentimiento que impregnaba su vida recordaba a un halo de dulzura más que a una pasión devoradora, la realidad que cada día estaba más clara para ella era ésta: de buenas a primeras, sin haberlo buscado, sin ni siquiera haberlo deseado, había encontrado a su gran amor. El primero era el bueno, no habría otro, y no tendría ni que hacerse la pregunta. Según Mademoiselle Age Tendre, el caso era posible; no había que hacerse ilusiones, casi nunca ocurría; pero en algunas ocasiones extremadamente raras, casi milagrosas —aunque más que probadas—, podía ocurrir. Y era lo más maravilloso que te podía suceder en la vida. — Michel Houellebecq, Las partículas elementales.
Había en aquel chiquillo algo muy puro y muy dulce, anterior a cualquier sexualidad, a cualquier consumo erótico. El simple deseo de tocar un cuerpo amante, de que lo estrecharan unos brazos amantes. La ternura viene antes que la seducción… — Michel Houellebecq
Prácticamente todas las sociedades animales funcionan gracias a un sistema de dominación vinculado a la fuerza relativa de sus miembros. Este sistema se caracteriza por una estricta jerarquía; el macho más fuerte del grupo se llama animal alfa; le sigue el segundo en fuerza, el animal beta, y así hasta el animal más bajo en la jerarquía, el animal omega. Por lo general, las posiciones jerárquicas se determinan en los rituales de combate; los animales de bajo rango intentan mejorar su posición provocando a los animales de rango superior, porque saben que en caso de victoria su situación mejorará. Un rango elevado va acompañado de ciertos privilegios: alimentarse primero, copular con las hembras del grupo. No obstante, el animal más débil puede evitar el combate adoptando una postura de sumisión (agacharse, presentar el ano). Bruno se hallaba en una situación menos favorable. La brutalidad y la dominación, corrientes en las sociedades animales, se ven acompañadas ya en los chimpancés (Pan troglodytes) por actos de crueldad gratuita hacia el animal más débil. Esta tendencia alcanza el máximo en las sociedades humanas primitivas, y entre los niños y adolescentes de las sociedades desarrolladas. Más tarde aparece la piedad, o identificación con el sufrimiento del prójimo; esta piedad se sistematiza rápidamente en forma de ley moral. — Michel Houellebecq, Las partículas elementales.
Uno se percata de que envejece a través y por conducto de las relaciones con el prójimo; uno mismo tiene tendencia a verse bajo la especie de la eternidad. — Michel Houellebecq
Era un período ideológicamente extraño, en el que todo el mundo en Europa occidental parecía convencido de que el capitalismo estaba condenado, e incluso condenado a corto plazo, de que vivía sus ultimísimos años, sin que por ello los partidos de ultraizquierda consiguieran seducir a alguien más que a su clientela habitual de masoquistas huraños. Un velo de cenizas parecía haber envuelto los ánimos. — Michel Houellebecq
…y pensó, como hacía con frecuencia en el pasado, en todas esas personas que coexisten en el corazón de una misma ciudad sin una razón particular, sin interés ni preocupaciones comunes, y que siguen trayectorias inconmensurables y divergentes que a veces se juntaban (cada vez más raramente) a través del sexo o (cada vez más a menudo) a través del crimen. — Michel Houellebecq
El crimen, le dijo a su marido, le parecía un acto profundamente humano, vinculado, por supuesto, con las zonas más sombrías de lo humano, pero humano al fin y al cabo. El arte, por poner otro ejemplo, estaba relacionado con todo: con las zonas sombrías, con las luminosas, con las intermedias. La economía casi no estaba ligada con nada, sólo con lo más maquinal, previsible y mecánico que había en el ser humano. No sólo no era una ciencia, sino que no era un arte, en definitiva no era prácticamente nada en absoluto. — Michel Houellebecq
En conjunto, los jóvenes ya no le interesaban gran cosa, sus alumnos eran de un nivel intelectual abrumadoramente bajo, hasta cabía preguntarse qué les habría empujado a emprender sus estudios. En el fondo de sí misma sabía que la única respuesta era que querían ganar dinero, todo el dinero posible; no obstante algunos arrebatos humanitarios de corta duración, era lo único que les alentaba realmente. Su vida profesional, en suma, podía reducirse al hecho de enseñar absurdidades contradictorias a cretinos arribistas, aunque evitaba formulárselo en términos tan claros. — Michel Houellebecq
Un ser humano era una conciencia, una conciencia única, individual e irreemplazable, y merecía por ello un monumento, una estela, al menos una inscripción, en suma, algo que afirmara y trasladase a los siglos futuros el testimonio de su existencia. — Michel Houellebecq
Los amigos van al entierro, pero en ocasiones también los enemigos, parece que les produce cierto placer. — Michel Houellebecq